Ultimo Acto de Rebeldía
- Don V.
- 20 mar
- 2 Min. de lectura

Alguna vez fui la tormenta. Un puñado de acordes distorsionados, de madrugada, sin dueño, de puños en alto y cicatrices en el cuerpo y alma. Fui filo y óxido, escombro que desafía la geometría de la vida, un grito que nadie quería oír pero que se filtraba entre las grietas de la normalidad.
Viví al borde, no por necesidad, sino por convicción. Creía en la ira como motor, en la resistencia como única forma de identidad. El asfalto fue mi cátedra, los antros mi refugio, las peleas mi forma de decir que respiraba.
No conocía más lealtad que la de mis principios, ni más futuro que la inmediatez del siguiente acto de desafío.
Y llegó ella. No como un freno, sino como contrapunto. Una melodía limpia en medio del ruido blanco del existir. Con esa mirada que atraviesa muros y pone nombres a los impulsos que uno creía anónimos.
Me estudió sin que me diera cuenta, me desmontó sin violencia, como quien desarma un viejo reloj para entender su tic-tac, y sin pedirme nada, me fue convirtiendo en todo.
Aprendi que el silencio también es una canción y que la verdadera rebeldía, a veces, es asumir responsabilidades que antes despreciaba.
Me hizo entender que no se trataba de pelar ni de rendirse, sino, simplemente, de reconstruirse con otros materiales.
Nunca deje ni dejare de ser el que era, solo descubrí que el caos puede vestirse de rutina sin perder su esencia. Que el fuego puede aprender a arder sin necesidad de quemar todo. Que la furia no siempre es el camino y que, a veces, lo más revolucionario que puede hacer un hombre es quedarse, aprender y sostener lo que alguna vez habría destruido.
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